
El gobierno argentino designó esta semana a Juan Ignacio Roccatagliata Beguiristain como embajador extraordinario y plenipotenciario en la República de Yibuti, cargo que ejercerá en simultáneo con su rol en Etiopía. La noticia pasó desapercibida para muchos, pero esconde una jugada diplomática significativa: Argentina está entrando en el tablero africano, y lo hace en un lugar neurálgico del mapa geopolítico.
Delighted to receive yesterday afternoon my new colleague of the Argentine Republic H.E.M Juan Ignacio ROCCATAGLIATA and had fruitful exchanges on a number of bilateral, regional and continental issues. I wish him all the best and success for his new assignment. pic.twitter.com/tdXJjzMqLp
— Amb Abdi Mahamoud Eybe (@EybeAbdi) November 15, 2024
Yibuti, una nación pequeña pero estratégica, se ubica en el estrecho de Bab el-Mandeb, una vía marítima que conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y, por extensión, con el Canal de Suez. Este paso es crucial para el comercio global: por allí transita cerca del 10% del comercio marítimo mundial. Yibuti es, además, sede de bases militares de Estados Unidos, China, Francia y Japón. Su neutralidad pragmática y su habilidad para negociar con todos la han convertido en una pieza codiciada por las potencias.
Desde hace años, África vive un nuevo reparto de influencia. China avanza con inversiones y megaproyectos de infraestructura bajo la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Rusia busca expandir su huella militar y diplomática. Turquía y Emiratos Árabes Unidos también compiten por espacios de poder. Y Estados Unidos, con presencia consolidada, observa con cautela cada movimiento. En este escenario, la entrada de Argentina, aunque modesta, representa un intento por ampliar horizontes y proyectar soberanía más allá de sus fronteras tradicionales.
El nuevo vínculo de la Cancillería argentino con Yibuti ha despertado algunas suspicacias, especialmente por la sintonía ideológica que el presidente Javier Milei mantiene con la administración de Donald Trump. Aunque no existen elementos concluyentes que permitan afirmar una intervención directa desde Washington, el momento y el perfil del movimiento diplomático invitan a leerlo con atención. En el contexto actual, cualquier alineamiento, incluso implícito, puede proyectar señales más allá de lo estrictamente protocolar.
Yibuti ha sido, en muchos aspectos, un modelo de equilibrio. Su presidente, Ismail Omar Guelleh, ha sabido atraer inversiones y reconocimiento sin enfrentarse abiertamente a ninguna potencia. Este pragmatismo le ha permitido mantener la estabilidad interna mientras se convierte en una plataforma logística y militar de escala mundial. Es posible que Argentina vea en este modelo una lección útil para su propia política exterior.
Lejos de ser un simple gesto protocolar, la designación de un embajador en Yibuti plantea una serie de preguntas clave: ¿Está realmente preparada la diplomacia argentina para involucrarse en una competencia global de este calibre? ¿Se trata de una jugada pensada con visión a largo plazo o simplemente de una acción improvisada que podría tener consecuencias no del todo previstas? Por ahora, lo único claro es que Buenos Aires se ha posicionado en un tablero tan dinámico como impredecible.