
“Es un mal día para el derecho internacional”, dijo Anna-Lena Baerbock, ministra de Asuntos Exteriores de Alemania, al referirse a la reciente visita del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu a Hungría. La frase apuntó directamente contra Viktor Orbán, quien lo recibió con todos los honores, a pesar de la orden de arresto internacional emitida por la Corte Penal Internacional (CPI) en su contra.
La reacción de Baerbock fue inmediata, pero también reveladora. En una Europa donde las palabras pesan y los silencios aún más, su condena a Hungría parece menos un gesto genuino de compromiso con la justicia internacional que una movida política dentro del ajedrez continental. Porque Baerbock no duda en señalar a Budapest, pero guarda silencio ante conductas similares —o peores— de otros aliados.
Netanyahu fue recibido por Orbán con la pompa habitual de las visitas de Estado. Hungría, ejerciendo su soberanía, anunció que se retira de la CPI, argumentando que el tribunal ha perdido credibilidad al ser utilizado con fines políticos. Podrá discutirse la decisión, pero no su coherencia: Hungría, al menos, dice lo que hace y hace lo que dice.
Y si de contradicciones se trata, Siria ofrece un ejemplo difícil de ignorar. Hace unos meses, Baerbock viajó sonriente a Damasco para encontrarse con Ahmed al-Charaa, presidente de facto del régimen sirio. La visita fue presentada como un gesto hacia el “diálogo regional”. Todo mientras circulaban en redes videos desgarradores que mostraban masacres contra minorías cristianas, drusas y alauitas, cometidas con la complicidad —o al menos la indiferencia— del Estado sirio.
Ningún “mal día para el derecho internacional” se declaró entonces. No hubo discursos, ni exigencias, ni indignación pública. Solo protocolo, sonrisas y una notable voluntad de pasar la página.
Den Handschlag verweigern sie Annalena
— AfD (@AfD) January 3, 2025
Baerbock, das Geld der Steuerzahler verteilt sie vermutlich trotzdem gerne an die neuen syrischen Machthaber. Ob sie syrische "Flüchtlinge" im Gepäck hatte, die sie zurück in die Heimat geleitete, ist nicht bekannt. pic.twitter.com/WNXqYYAgqD
También llama la atención que Baerbock lance críticas tan duras contra un gobierno democráticamente electo, mientras su propia coalición enfrenta una pérdida constante de apoyo y credibilidad en casa. Su condena a Orbán puede resultar funcional en Bruselas, pero difícilmente ayuda a construir una visión coherente y universal del orden internacional.
Orbán, por su parte, mantuvo su línea. Reafirmó su apoyo a Israel como aliado estratégico y rechazó la politización de la CPI. Podrá tener un estilo no convencional, pero es claro en sus actos. Baerbock, en cambio, parece cómoda en el doble estándar: juzgar a unos con severidad mientras ignora o minimiza a otros.