06/04/2025 - Edición Nº789

Internacionales

Autoritarismo en el siglo XXI

Las últimas tiranías del mundo: donde manda el miedo

05/04/2025 | De Myanmar a Eritrea, del régimen talibán a los Ortega-Murillo: las nuevas formas de tiranía crecen en el mundo. Una reflexión sobre cómo la libertad, especialmente la de expresión, se ha ido contrayendo en los últimos años.



En el siglo XXI, las tiranías no han desaparecido. Han mutado, se han sofisticado y, en muchos casos, se han fortalecido. Lejos de ser reliquias de otro tiempo, hoy conviven con la democracia globalizada. Gobiernos donde el poder absoluto se ejerce sin frenos institucionales, donde la censura, la represión y el miedo reemplazan al disenso. Donde la libertad se percibe como una amenaza y el silencio es la única garantía de seguridad. En países como Myanmar, Afganistán, Corea del Norte, Nicaragua, Venezuela, Irán, Eritrea, Guinea Ecuatorial, Burkina Faso y Bielorrusia, los regímenes autoritarios han convertido la represión en política de Estado. Y lo hacen bajo formas diversas: militarismo, teocracia, populismo o partido único. El resultado es el mismo: miedo, silencio y exilio.

Guinea Ecuatorial. Teodoro Obiang Nguema dirige el país desde 1979, lo que lo convierte en el jefe de Estado más longevo del mundo sin contar las monarquías. La riqueza petrolera no ha derivado en bienestar para la población, sino en corrupción, lujo excesivo de la élite gobernante y opresión. Las elecciones son meramente simbólicas y los partidos de oposición, perseguidos o cooptados.

Myanmar. Desde el golpe militar de febrero de 2021, la junta comandada por el general Min Aung Hlaing gobierna el país con puño de hierro. La transición democrática fue abruptamente interrumpida, y la represión se volvió norma: opositores encarcelados, periodistas silenciados, civiles asesinados. A esta tragedia política se sumó otra natural: un terremoto en marzo de 2025 que dejó más de 3.000 muertos. La junta bloqueó incluso el acceso a la ayuda humanitaria en zonas disidentes, lo que demuestra que en Myanmar el dolor también es una herramienta de poder.

Afganistán. Desde agosto de 2021, los talibanes controlan el país y lo han sumido en una teocracia extrema. El líder supremo, Hibatullah Akhundzada, impone la ley islámica más rígida: las mujeres tienen prohibido estudiar, trabajar o atenderse sin un tutor masculino. La persecución también alcanza a periodistas y minorías. La desaparición del espacio público para las mujeres, el retorno de castigos corporales y el cierre de las escuelas reflejan una regresión sin precedentes.

Corea del Norte. El régimen de Kim Jong-un es el último bastión del totalitarismo clásico. Heredero de una dinastía comunista, controla hasta el pensamiento de su pueblo. No hay acceso a internet, no existe oposición ni prensa libre. La población vive sometida a vigilancia constante, adoctrinamiento desde la infancia y penas brutales por infracciones menores. La frontera más cerrada del mundo no es solo geográfica: es también mental y emocional.

Nicaragua. Daniel Ortega y Rosario Murillo han levantado un régimen personalista donde el poder es asunto familiar. Desde 2018, el país vive en estado de represión: cientos de muertos, miles de exiliados, universidades intervenidas, medios cerrados y líderes religiosos encarcelados. La concentración del poder es total, y la retórica oficial mezcla religión, misticismo y propaganda política.

Venezuela. Nicolás Maduro ha perpetuado un modelo autoritario que combina el colapso económico con la represión política. Las elecciones carecen de legitimidad, el Poder Judicial actúa como brazo del Ejecutivo y los organismos de inteligencia persiguen a opositores. La crisis humanitaria ha expulsado a más de 7 millones de venezolanos. Mientras tanto, el chavismo sigue aferrado al poder con apoyo militar y alianzas geopolíticas convenientes.

Irán. Gobernado por el líder supremo Alí Jameneí, el país equilibra teocracia y represión. Las protestas iniciadas por la muerte de Mahsa Amini en 2022 derivaron en una ola de represión con cientos de muertos. Las ejecuciones públicas continúan, y la policía moral impone códigos de vestimenta con violencia. Irán representa uno de los desafíos más complejos para los derechos humanos en Medio Oriente.

Eritrea. Isaias Afwerki gobierna desde 1993 con un modelo de partido único, sin elecciones, sin prensa libre y con un servicio militar obligatorio que puede durar toda la vida. El país ha sido descrito como la “Corea del Norte de África”. Miles de personas huyen cada año, cruzando el desierto o el mar, arriesgando la vida para escapar de una dictadura que encierra y desaparece sin explicación.

Burkina Faso. El capitán Ibrahim Traoré, tras tomar el poder en un golpe de Estado en 2022, ha instaurado un régimen militar bajo el argumento de la lucha contra el yihadismo. La suspensión de la constitución, la militarización de la política y las restricciones a la prensa y sociedad civil forman parte de una deriva autoritaria preocupante en el África occidental.

Bielorrusia. Aleksandr Lukashenko, en el poder desde 1994, ha moldeado una autocracia resistente al tiempo. Con apoyo de Rusia, ha reprimido con violencia manifestaciones pacíficas, encarcelado a miles y cerrado medios independientes. Las elecciones carecen de credibilidad, y el régimen se sostiene sobre un aparato de seguridad omnipresente y una ciudadanía silenciada por el miedo.

Siria. En diciembre de 2024, el régimen de Bashar al-Assad fue derrocado por una coalición liderada por el grupo islamista Hay’at Tahrir al-Sham (HTS). Su líder, Ahmed al-Sharaa —conocido como Abu Mohammad al-Joulani— fue proclamado presidente de transición en enero de 2025. Su llegada al poder, lejos de traer estabilidad, ha inaugurado una nueva etapa de violencia sectaria. Desde entonces, diversas organizaciones internacionales han documentado masacres contra minorías, en particular contra la comunidad alauita. En marzo de 2025, se reportaron asesinatos masivos de civiles en zonas costeras identificadas con el antiguo régimen. La falta de garantías, la venganza étnica y el desplazamiento forzado de miles de personas reflejan una continuidad trágica: en Siria, el poder sigue manchado de sangre.

Todas estas tiranías comparten un rasgo esencial: el desprecio por la libertad. En los últimos diez años, la libertad de expresión se ha erosionado en el mundo entero. Incluso en democracias formales, el espacio para disentir se ha achicado, la censura se ha sofisticado y la polarización ha generado nuevos silencios cómplices. La libertad, cuando se pierde, no lo hace de golpe, sino por fragmentos. Frente a este escenario, la vigilancia ciudadana, el periodismo libre y la solidaridad internacional son más necesarios que nunca. Porque si algo nos enseñan las últimas tiranías es que el silencio no es neutral.