Jerusalén acaba de recuperar una parte de su historia que permanecía oculta bajo tierra. La Autoridad de Antigüedades de Israel anunció el 11 de octubre el descubrimiento de 300 metros del antiguo Acueducto Inferior, una infraestructura hidráulica cuya construcción se remonta aproximadamente a dos milenios. El hallazgo se produjo al sur del kibutz Ramat Rachel, durante las excavaciones preventivas realizadas antes de desarrollar un nuevo barrio residencial. Más allá de su antigüedad, la estructura revela hasta qué punto el crecimiento de Jerusalén dependía de una planificación técnica capaz de resolver uno de los problemas fundamentales de cualquier ciudad: disponer de suficiente agua.
El sistema, atribuido al período de los reyes asmoneos, conducía agua desde las Piscinas de Salomón, situadas al sur de Belén, hasta Jerusalén y el área del Monte del Templo. El recorrido tenía aproximadamente 21 kilómetros y funcionaba mediante la gravedad, sin necesidad de bombas. Para conseguirlo, sus constructores aprovecharon el relieve y mantuvieron una pendiente extraordinariamente suave, cercana a un metro de desnivel por cada kilómetro. Esa precisión permitió transportar agua a través de un territorio montañoso, ampliando la capacidad de abastecimiento de una ciudad que recibía a numerosos peregrinos.
El funcionamiento del acueducto ayuda a comprender una dimensión menos conocida de la Jerusalén antigua. Los grandes edificios religiosos, las murallas y los caminos suelen dominar los relatos históricos, pero ninguno podía sostener una población creciente sin infraestructura básica. Durante el período del Segundo Templo, el agua disponible en los manantiales y depósitos locales resultaba insuficiente ante determinadas necesidades urbanas y religiosas. La construcción de conducciones externas permitió superar esa limitación y organizar una red de suministro capaz de acompañar el desarrollo de la ciudad.
La investigación también demuestra que aquella obra no permaneció inalterada. A lo largo de los siglos, sus usuarios incorporaron modificaciones para prolongar su funcionamiento. Durante el período otomano se instalaron tuberías de cerámica en partes del canal original y se realizaron trabajos de revestimiento y mantenimiento. La conducción continuó utilizándose de manera intermitente hasta aproximadamente un siglo atrás. Su longevidad constituye uno de los aspectos más significativos del descubrimiento: una infraestructura concebida en la Antigüedad siguió prestando servicio a sociedades profundamente diferentes.
La dimensión contemporánea del hallazgo es igualmente relevante. La excavación fue impulsada antes de construir viviendas, pero los restos arqueológicos no serán considerados simplemente un obstáculo que deba retirarse para continuar la obra. La Autoridad de Antigüedades de Israel y la Autoridad de Tierras de Israel prevén conservar el tramo descubierto e integrarlo en un paseo arqueológico accesible al público. De concretarse el proyecto, los futuros residentes convivirán con una infraestructura que permitió abastecer a generaciones anteriores.

El descubrimiento muestra que la protección del patrimonio puede incorporarse al diseño de una ciudad en expansión. Jerusalén no solo recupera una evidencia excepcional de la ingeniería hidráulica antigua, sino también la oportunidad de convertirla en parte de su paisaje urbano actual. Dos mil años después, el acueducto vuelve a desempeñar una función vinculada al crecimiento de la ciudad. Ya no transportará agua hacia sus habitantes, pero contribuirá a determinar cómo se construye y se comprende una parte de su futuro.